25 de abril de 2018 | Joaquín Rayego

Iatreia

Harold Anderson
Harold Anderson
En el transcurso de la semana está teniendo lugar la elección de las plazas de M. I. R., por parte de los aspirantes a formarse como especialistas en los hospitales públicos del país.

Tras seis años de un ímprobo esfuerzo en que dejaron atrás la vida muelle y de familia, el pasatiempo entre amigos, el regodeo de la fiesta, y lo mejor de su juventud, durante los cuatro años próximos quienes fueran alumnos brillantes en las pruebas de Selectividad perseverarán nuevamente en la noble tarea de aprender de sus maestros, de diagnosticar enfermedades, y de cuidar del vecino con el respeto y atención que todo individuo merece “en la salud y en la enfermedad”.

Y pasada la treintena, y acabados los estudios, les llegará el más difícil todavía: la posibilidad de trabajar por un contrato basura, en condiciones de mínimo sueldo, máxima responsabilidad, y excelente disposición para lo que se encarte.

Que se encarta que algún atravesado les atice una bofetada por negarse a prescribir una receta, por estar en desacuerdo con la praxis, o por no coincidir en nada con una página de Google, pues a aguantarse y a joderse; y a poner la otra mejilla, que como diría un perjudicado: “Esta fiesta la hace un devoto, con dinero de otro”.

Pero… qué hacer si la vocación es así, y hasta los habrá que se empeñen en ser árbitros de fútbol.

Con lo incómodo que es tomarse el juego al pie de la letra, y lo fácil que resulta adecuarse al disimulo y la mentira, a la falta intencionada y la patada a las nubes; máxime si del cielo te llueven perdices por el simple hecho de lucir un máster robado; un cargo de diputado, por tan solo decir “¡No hay atutía!” con semblante adusto de Inspector de Doble Moral.

¿Se imagina usted lo que es pasar el resto de sus días soñando con un suspenso, y sufriendo pesadillas, como sucediera a D. Pío Baroja, que falleció a consecuencia de uno de esos terrores nocturnos? ¿Y superar la desazón de una pequeña décima que faltaba para superar el listón?

Quien sepa de tales escollos sabrá bien lo que es tener un espíritu deportista.

Pues imagínese que una noche, al volver de la farra del bar, se dé de bruces con la enfermedad, o se tope de cara con su propio entierro, como le sucediera al casquivano Tenorio.

¿A quién iría usted a despertar: al médico al que maltrató; a una clínica privada, donde nada es “de por Dios”; o a la Consejera de Salud, tan dada al abracadabra de sacarle el zumo al limón, sin costar ni medio duro, y sin estropearse las uñas..?

Me figuro yo que iría a esa persona en quien desnudó su intimidad, amén de a su propia madre, como a tantos sucedió en los momentos más difíciles; que en circunstancias extremas a todos nos gusta contar con un espíritu bueno que nos alivie el dolor, y que nos restituya el valor que a todos se nos suponía.

En una tarde alegre y luminosa Giusseppe Corte vio cómo “obedeciendo a algún misterioso mando” las persianas mecánicas de su habitación bajaban lentamente y le dejaban sumido en la más completa oscuridad.

Cuando unas semanas antes entró en aquella famosa clínica Giusseppe pensó que sería uno de esos enfermos de tantos, obligado a pasar una simple y rutinaria revisión; y más aún cuando supo que allí los enfermos, distribuidos en plantas de acuerdo con su gravedad, tenían en la séptima, y última, a los de mejor salud como él.

Nada que temer, se decía, que si algún recelo ocultaba en lo más íntimo de su ser era que le bajasen de planta, hasta hacerle recabar en la primera, donde al parecer estaban los enfermos de gravedad, y donde las persianas bajadas eran la evidencia más clara de que alguien acababa de fallecer.

Con su cuota de desesperanza “Siete plantas” ─relato de Dino Buzzati, publicado en Nórdica Libros─ nos invita a pisar suelo; y nos sugiere que pretender que el hombre prescinda de su habitual dosis de pesimismo es tanto como encenderle una tarta al eufemismo y la mentira.

Pero de ahí a lapidar al mensajero, por el simple hecho de tomarse en serio su vida, hay todo un abismo.

No lo digo yo, lo dice un médico que goza de la consideración de la gente de su pueblo, de la gente de capital, de sus enfermos, y de quienes acudimos a beber en sus escritos:

─ Los tiempos han cambiado y en muchas cosas para bien, El médico no tiene por qué ser un endiosado ni un privilegiado, pero de eso a que sea infravalorado y, a veces menospreciado, hay un trecho.

Con la sentencia que pone broche a su artículo, D. Ismael Yebra─ Sotillo no sólo es hábil con el bisturí, también es hábil en diseccionar una dura y enojosa realidad que a todo el mundo le concierne:

─ Sueldo irrisorio para tanto esfuerzo y, eso sí, responsabilidad máxima. ¿No van a faltar médicos. Y más que van a faltar.

Y después de tan escueta síntesis aún habrá másteres y prebendados que diagnostiquen que no faltan médicos, que lo que sobran son viejos; los habrá que aboguen por la idea de cruzarse de brazos para ver pasar a en "el pájaro verde" a su enemigo; e incluso, como D. Antonio Cánovas, quien se muestre dispuesto a alquilar balcones “para ver lo que pasa cuando yo me muera”.
 
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