22 de mayo de 2019 | Joaquín Rayego Gutiérrez

El paseo de las jacarandas

─ “La primavera ha venido/ nadie sabe cómo ha sido”

El paseo de las jacarandas
El paseo de las jacarandas
“La vida es sueño”, que dijo alguien. Y entre el sueño y la realidad los minutos y las horas, los días y las estaciones, se suceden en nuestras vidas con desigual percepción.
La luz que anuncia el “Ocaso”, en la voz de Manuel Machado, es reflejo de un mundo con dorados brillos decadentistas─ “… El día/ no queriendo morir, con garras de oro/ de los acantilados se prendía”─; la que proclama “La Aurora”, en palabras de García Lorca, muestra una realidad hostil en la que “La luz es sepultada por cadenas y ruidos/ en impúdico reto de ciencia sin raíces”. Viajamos a la velocidad de la luz, y el tiempo que media entre una generación y la inmediatamente próxima en ocasiones resulta irreconocible; un periodo de pocos años es tiempo más que suficiente como para establecer las líneas de separación entre dos formas de vida extremadamente distantes. Para muchos admiradores de Joan Manuel Serrat se haría necesario recurrir a un traductor que ayudase a descifrar los distintos referentes de una canción como “A quien corresponda”, escrita en 1980; cuanto más para interpretar la Biblia, o para entender las variadas razones que asisten a nuestros congéneres. Por esa sencilla razón es por lo que uno se pregunta en qué consiste la tan cacareada “memoria histórica”, si lo de “histórica” es solo una repetición, y el léxico de que se sirve es una caja de truenos, con la esperanza al retortero. Si el relato que cuentan los referidos Memoriales es la historia virtual del Maniqueísmo, las razones de un color, de algo “que tiene existencia aparente y no real”, cuya única pretensión es “cobrar del barato” infundiéndonos miedo. Según refiere Corpus Barga “La libertad para qué” fue la respuesta que le espetó el padrecito Stalin a D. Fernando de los Ríos. ¿Libertad para qué? ¡Pues vaya usted a saber! Acaso sea porque la Naturaleza luce un vestido de mil colores, y porque a cada pájaro le asiste una buena razón para volar. Si la memoria de que hablan es tan solo un compendio de festivas hecatombes ─ como las propiciadas por el rey Salomón, por Hitler, Stalin, y toda esa enorme lista de dictadores ─ en la que los únicos “mártires” fueron los que pasaban por allí, los pobres ingenuos que trasegamos sus mentiras, los del sacrificio pascual de procurarse honradamente “el pan nuestro” de cada día…
En fechas recientes la ginebra Tanqueray resumió el color de la ciudad en una variedad del naranja presente en una paleta de 60.000 tonalidades cromáticas. Gracias a tan acertada elección la ginebra “Flor de Sevilla” asentaba las bases de su publicidad en el “¡Ábrete sésamo!” de un simple algoritmo, al igual que otros la basaban en la figura de “Naranjito”. Pues así es como la propaganda nos roba la primavera con eslóganes falsos y palabras fingidas, que suenan a falsas declaraciones de amor, a bálsamo de Fierabrás capaz de curar toda clase de heridas, y a loción crece pelos para toda clase de calvas. Y los viernes al sol…, que paga el recaudador con piel de contribuyente. Que no hay bosque en el mundo capaz de aguantar semejante despilfarro de papel, ni bolsillo que soporte tamaña rapiña, ni oído que tolere ese continuo batir de mentiras que encienden los miedos, las devociones, y los intereses, aún a riesgo de provocar hecatombes que de poco han de servir; que sabido es que son vuestras las virtudes, Sr. Marqués; y vuestro el monte, y la palabra, y el caserío, y el libro de cuentas, y la tesis doctoral…, que de poco han de servir para ilustrar una esquela fúnebre. En su viaje a Francia por los caminos del desarraigo el bueno de Antonio Machado evitaba hablar de política; prefería la compañía de la gente humilde al discurso de Caín, la literatura con todas sus inconcreciones ─“Nadie sabe cómo ha sido”─ a las razones de los verdugos. Quien un día saludó el valor de Enrique Lister no supo en vida que su héroe acabaría siendo señalado por el dedo índice del Partido, y que ese mismo personaje tildaría de asesino al camarada Carrillo. La vida como experiencia, para quien la sepa entender, es una caja de Pandora con sus dolorosas verdades y con sus cicateras mentiras. “Podemos amar totalmente, sin entender totalmente…”, que alguien dijo; y así debe ser cuando el propio Machado, que convivió largos años con Pilar Valderrama, ni compartió con ella su ideología, ni siquiera su forma de vida: les unió un mismo sueño. Es por ello tal vez que los viejos y los escépticos se vienen a refugiar en el silencio del parque, en la suspensión de toda clase de juicios acerca de la realidad, en buscar la tranquilidad de espíritu como ya recomendara el filósofo Pirrón. Es por ello que los amantes se recrean en contemplar el azul liliáceo de las jacarandas que tapizan el suelo del parque, y regalan en su dosel la hermosura de un “true blue”, el azul que los ingleses identifican con la fidelidad. Que los niños se muestran ilusionados cuando corren tras un balón, o viendo pasar absortos una larga hilera de hormigas, rendidos a la magia del instante y a la psicología de los colores; que el parque es el Parlamento a donde acude gente para dialogar de esos dones que nos regala la vida. Hasta allí me vine hoy para ver lucir en vuelo a las golondrinas de hábito señorial; hasta allí me vine hoy para escuchar el trino de los jilgueros, ─ que “alguien ha puesto cantos de pájaros en el aire como joyas”─, y para regalarme el oído con la voz de mis paisanos, a quienes ni siquiera conozco. A mi lado Daniel García Gallardo comparte expresivo su sorpresa infantil de cuando su padre le invitó a la caza del perdigón. Cual “Demoni”, el personaje de Blasco Ibáñez que imitaba la charla de los gorriones, Daniel aprendió a cantar el canto de la perdiz. A mi lado Maruja Acero recreando la postal de unas mujeres de antaño, el cántaro “en el cuadril”, atareadas en subir la empinada cuesta de la calle Leones. Mercedes aún se imagina portando su dulce carga de agua; o bien oyendo el paso tenue de los devotos en la hora mágica del rezo:

─“A tu puerta están las campanillas, ni te llaman ellas, ni te llamo yo…”

Junto a mí Manuel Velasco, expresión de la virtud, que no es otra cosa que “la integridad de ánimo y la bondad de vida”, como dice el Diccionario:

─“Está en la tierra que la vio nacer…Me quiso y no me engañó”, son las palabras sinceras con las que este hombre ilustra el mármol que su alma cinceló en una sentida forma de oración. Y más allá, frente a mí, la voz recia de Diego López Rosado teje palabras de seda, cual oruga de mariposa. Que quién diría aquello de que “ojos que no ven, corazón que no siente”. Diego, que falta de casa desde que era muy niño, conserva, como la jacaranda, la alegría de florecer, y de sentir la llamada de la patria chica:

─ “A este pueblo que llaman del Terrible, no tiene de terrible más que el nombre. Quien en la cuerda del corazón sabe tocarle lo tiene como suyo de por vida, y aún puede pedirle lo imposible, que lo imposible hará por complacerle”.
 
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