30 de agosto de 2019 | Joaquín Rayego Gutiérrez

De pirómanos y bomberos…

De pirómanos y bomberos…
De pirómanos y bomberos…
─ “En Cai, en Cai en la calle de la Pelota número 24 se formó un fuego, y aquella noche me tocó a mí de servicio de bombero. Y yo sin saber qué hacer, si coger el teléfono o la manguera”. ( “Nano de Jerez”)

Como dijo el filósofo “el hombre es un ser social por naturaleza”, que necesita del lenguaje para compartir con sus congéneres algo más que conocimientos.
Y en efecto, como si las conociéramos de siempre, a menudo nos topamos con una música que nos viene al oído como anillo al dedo; con una foto que refleja lo que fuimos; con una expresión que aceptamos como herencia de familia; e incluso con historias a tono con el color de la sensibilidad, y el momento que vivimos…

─ “Nos falta entender el funcionamiento del sistema nervioso: cómo pensamos, sentimos, queremos u odiamos…”, apunta el científico D. José López Barneo a la periodista de “El Mundo” en una estupenda entrevista que lleva por título “La entrevista final”. Un final que yo no espero.

Amén de atinadas apreciaciones─ “la fuga de cerebros y la pérdida de capital humano bien formado es una sangría que la vamos a pagar muy cara”─ en la entrevista se respira la sutileza del hombre sensato y animoso, el espíritu humilde y recto que tan propio es de sabios, y las dotes narrativas de quien se sabe dueño de una esforzada biografía, y de mil y una historias interesantes que contar.
Y es que náufrago en una isla, o haciendo señales de humo, todo Robinson que se precie siente la necesidad de un “Viernes” que camine a su lado, sin más trabas que los sentimientos, amén de la consideración y el aprecio que se debe a los demás.
Un buen sillón es una especie de brazo mullido donde se acuna el espíritu, librándonos por momentos de ese tono plomizo que recuerda la hora de fichar en la oficina; y una compañera, o amigo, el apoyo necesario, sin formularios de tinta china, presto siempre a saltar las tapias del más alto de los muros, tan sólo por disfrutar de una charla pendiente, de una banal confidencia, o de un sí es no compartido que ni el sabio Champollion sería capaz de descifrar.
Y así, al amor de la lumbre van surgiendo las palabras y los afectos, como rosas con espinas: historias de un rojo amapola, de un rojo coral, de un dorado pálido, de amarillo girasol, de gris niebla, de azul de ultramar, de rosa nacarado, de negro charol, de blanco platino, de marrón glacé, de verde esmeralda, o de morado episcopal, según dicte la experiencia, o sugieran los relatos que un día oímos contar.

─ “Piensa que el futuro es una acuarela, y la vida un lienzo que colorear”, dice una canción que interpreta Rosario Flores, y que sugiere el verde esperanza de historias como la de Pigmalión, el escultor enamorado de un sueño; o como la de Orfeo, que descendió a los infiernos para rescatar a Eurídice; o como la de Anna y Gúrov, protagonistas de “La dama del perrito”, un hermoso relato debido a la pluma de A. Chéjov.

Pero no todas las historias se tiñen de colores cálidos. Las hay de un marrón cenagoso que penetran las raíces del odio, aunque sea en la ficción, tales como aquellos cuentos de Vladimir Nabokov que reflejan una desgraciada biografía.
En “Se habla ruso” el autor de “Lolita” plasma la impensable reacción de Martin Martinich─ antiguo preso en una Cheka rusa─ y de su hijo Petya, carceleros de un delator bolchevique al que encierran en un cuarto de baño, preparado como cárcel con la clara intención de perpetuar la condena del enemigo hasta los últimos límites:

─ “Pocas probabilidades tiene de escaparse ─ dijo, y añadió a continuación ─ : tengo curiosidad por saber, sin embargo, cuántos años vas a tener que pasar ahí encerrado”.

Relatos de un rojo sanguina que semejan la escena de un crimen, tan innecesario de padecer como lo son el fascismo, el nazismo, el machismo, el comunismo, el capitalismo, y toda esa clase de “ismos” que, cual plagas de mosquitos, transmiten enfermedades que en nada recuerdan lo bello, lo noble, y lo bueno del ser humano; y menos aún la verdadera esencia del hombre, nacido para amar, y para compartir con sus congéneres la fruta del Paraíso, sin tener que trabajar veinticuatro horas al día como pretenden los esclavistas.
Historias de un amarillo avispón como ese que resulta tan atractivo a los pirómanos ─ personas afectadas de una dolencia psiquiátrica que, por suerte, no son muchas─, o como el que lleva a los “incendiarios” de profesión a prenderle fuego al bosque, no ya por una estúpida torpeza o por pura fatalidad, sino por oscuros intereses imposibles de justificar, a menos que sea Sigmund Freud quien dé las debidas explicaciones:

─ “La impenetrabilidad de la leyenda prometeica, así como la de tantos otros mitos ígneos, es acrecentada por el hecho de que a los primitivos el fuego debe haberles parecido algo similar a las pasiones amorosas; nosotros diríamos: un símbolo de la libido. El calor que el fuego irradia despierta la misma sensación que acompaña el estado de la excitación sexual, y la llama, con su forma y movimiento, nos recuerda el
falo activo”.

Y vaya usted a saber lo que opinaría el padre de la Psiquiatría en el supuesto de explicar la longitud de meada de los niños de mis tiempos, expertos en sacarle reflejos a la curva de un arco iris.
Igual llegaba la conclusión de que eran aprendices de bomberos.
 
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